11.20.2008

¿Y el ayuno?

Texto Bíblico base: Mateo 6:1-18

La disciplina nos ayuda a sujetar nuestro cuerpo a Cristo. Es interesante notar que, en este contexto, Cristo aludió a tres disciplinas centrales a la vida espiritual: la ofrenda, la oración y el ayuno. No obstante, en muy pocas congregaciones que creen que el ayuno es una disciplina necesaria para el discípulo. A mi entender esto no delata una falta de evidencia Bíblica a su favor, sino el grado al cual hemos sucumbido frente a una sociedad que considera todo tipo de sacrificio y rigor personal como reliquias del pasado. En estos tiempos, es «meta de vida» la gratificación de todos los sentidos que conforman al ser humano.

Jesús tomaba por sentado que sus seguidores iban a ayunar. Con esto en mente, dejó instrucciones para que, al igual que con las otras disciplinas, no lo practicaran en forma religiosa sino como un medio adicional para entrar en comunión con el Padre que está en secreto. Al igual que la oración, es muy fácil que el ayuno se utilice para impresionar a los demás con nuestra aparente piedad. Nos la ingeniamos para visitar a nuestros hermanos justamente el día que estamos ayunando, para que al ofrecernos alguna cosa para comer tengamos que «revelar» que en este día estamos de ayuno. Con todo lo que hemos dicho sobre este tema en la semana no hace falta recalcar que esta práctica le robará al ayuno cualquier valor para la vida espiritual.

No obstante, el deseo de Jesús no era que descartáramos el ayuno sino que corrigiéramos tendencias incorrectas en la práctica de la misma. El ayuno tiene mucho valor porque lo primero que nos revela es cuán importante es para nosotros nuestro propio bienestar personal. Estábamos convencidos que «para mí la comida no es importante», hasta que llegó el momento de no poder comer. Allí descubrimos, sorprendidos, que la comida domina nuestros pensamientos y su ausencia nos obsesiona.

El ayuno también sirve para sensibilizar los sentidos espirituales. Del mismo modo que el ciego compensa su falta de visión con agudeza auditiva, la persona que reprime la carne desarrolla mayor sensibilidad espiritual. No fue por casualidad que Cristo se preparó para las tentaciones con cuarenta días de ayuno y oración. Del mismo modo habla Pablo de la importancia de «golpear el cuerpo» para no quedar descalificado (1 Co 9.27). La idea es que aun en el plano físico todo debe estar sujeto a Cristo. Reconocemos cuán necesario es esta disciplina para nosotros, pues en demasiadas ocasiones nuestro cuerpo es el que tiene la palabra final en cuanto a nuestras actividades espirituales. Quisiéramos adorar con manos levantadas, pero los brazos se quejan. Quisiéramos madrugar para estar con nuestro Señor, pero el cuerpo nos pide «unos minutitos más» en la cama. Pues adoremos a nuestro creador con todo nuestro ser
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11.18.2008

Un modelo de oración

Texto Bíblico base: Mateo 6:17-20

En el modelo de oración de Jesús, se dedica un buen espacio a los temas que son de interés a Dios y poco a las peticiones

Hemos notado que Jesús denuncia toda forma de oración que tenga como intención impresionar. Sin decirlo en forma directa, Cristo estaba descartando el «estilo» de oración de la mayoría de las prácticas religiosas que conocemos. Las plegarias pueden venir vestidas de diferentes colores, pero la intención siempre es conseguir algo a cambio de la oración ofrecida. En un comentario adicional, recuerda a la multitud el verdadero propósito de la oración.

Debemos confesar que nosotros, los evangélicos, también necesitamos de este recordatorio, pues en la mente de muchos la oración existe pura y exclusivamente para conseguir cosas. Por esta razón nuestras oraciones no pasan más allá de la lista de peticiones que nos acompaña a todos lados. Percibiendo esta tendencia universal entre los hombres Jesús advirtió que no era necesario impresionar a Dios con las palabras o la cantidad de repeticiones «porque vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad antes que vosotros le pidáis». Es decir, el objetivo de la oración no es siquiera el informar a nuestro Dios de nuestras necesidades, porque no necesita de nuestra informe para tomar conciencia de lo que necesitamos.

Jesús no estaba diciendo que no debemos pedir, sino que la petición no debe ocupar mucho de nuestro tiempo porque es un ejercicio que no tiene mucho sentido cuando se trata de un Dios que ya sabe lo que requerimos. A la luz de esto, nos atrevemos a afirmar que la oración no es tan importante por lo que nosotros decimos, sino por la oportunidad que nos trae de estar con nuestro Padre celestial. Por supuesto que esto presupone que no vamos a construir nuestras oraciones alrededor de nuestro incesante parloteo, sino que vamos a disfrutar del momento de intimidad y recogimiento que ofrece el estar en «secreto con nuestro Padre».

A manera de modelo Jesús dejó un oración «tipo». Esta oración podía ser usada por los novatos y estudiada por los maduros, como ejemplo de la clase de oración que puede agradar al Padre. Mucho se ha escrito sobre el «Padre nuestro», por lo que no quiero más que compartir alguna observación personal.

Notamos una maravillosa ausencia de las palabras «yo», «mí» y «mío» en esta oración. Está permeada de un sentido de comunidad, captada en frases que son elevadas a favor y en nombre de «nosotros». También vemos que la oración dedica un buen espacio a los temas que son de interés a Dios, tales como la extensión del reino, la obediencia a su nombre, y la confesión de pecado (¡tan ausente hoy en nuestras oraciones!). Las peticiones en sí son pocas y sencillas: el pan de cada día y la liberación de experiencias que tientan. Todo esto está envuelto en un manto de adoración, en el que se reconoce la cercanía de Dios a nosotros (Padre), la soberanía del altísimo (que estás en los cielos), y su poder eterno (porque tuyo es el Reino, el poder y la gloria, por todos los siglos). En resumen, tenemos aquí un admirable modelo que puede guiar e informar nuestra propia experiencia de oración.

11.15.2008

El Reino, primero.

Texto Bíblico base: Mateo 6:19-34

Buscar el reino de Dios no es algo espontáneo en nosotros, sino el resultado de una decisión disciplinada

Por si ninguno de los argumentos que Jesús ha utilizado hasta este momento ha servido para convencernos de lo inútil que es el estar afanado por las cosas materiales, presenta aun otro más. «No os angustiéis, pues, diciendo: "¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos?", porque los gentiles se angustian por todas estas cosas, pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas ellas.»

Una de las cosas que Cristo ha puesto de relieve en el Sermón del Monte es que los ciudadanos del reino de los cielos son distintos a los de este mundo. Si no tuviéramos otras directivas para nuestras vidas salvo el conocimiento de que los parámetros de este mundo son diametralmente opuestos a los del reino, poseeríamos suficiente información para vivir otra clase de vida. Por supuesto, estas diferencias no se refieren a lo externo, el aspecto de nuestras vidas en el cual más frecuentemente nos hemos concentrado. La distinción de usar una corbata o una pollera no es la diferencia a la que nos referimos.

Como hemos visto en las bienaventuranzas la realidad del reino tiene que ver con la vida interior, las cosas relacionadas al espíritu. El contraste pasa por actitudes espirituales tales como la compasión, la pureza, la humildad, el compromiso con el prójimo y la experiencia cotidiana de una relación de intimidad con Dios.

En lo que respecta a la relación que tenemos con el mundo material, Cristo señala que esto produce en los gentiles una angustia permanente, la incesante preocupación por cosas como la comida o el vestido. Entre los hijos de Dios no debe ser así. Más bien tienen convicción de que su Padre celestial ya está al tanto de las necesidades que cada uno tiene. Debido a que su corazón es un corazón de compasión, que desea ardientemente bendecir a los hombres, él no necesita que le convenzamos de que nos conceda estas cosas. Ya existe en él el deseo de conferirlos.

Jesús propone una alternativa para ocupar la mente y el corazón del pueblo de Dios: «Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.» Este debe ser el lema que guía nuestra existencia, llevándonos a ocupar nuestro tiempo en algo que verdaderamente es productivo. La palabra buscar (procurar, perseguir, ir al encuentro de) nos da una indicación que el reino no es algo que está a la vista o que se presenta naturalmente a los seres humanos. Más bien el buscar primeramente el reino nos llama a abandonar los impulsos naturales de la carne, para reorientar nuestras vidas según las indicaciones de Dios. No es algo espontáneo en nosotros, sino el resultado de una decisión disciplinada que debe ser reafirmada una y otra vez en el contexto cotidiano. Esa decisión, irónicamente, abre el camino para que todas las otras cosas que tanto nos preocupaban anteriormente sean añadidas. Al igual que en la ofrenda, la oración y el ayuno, esta disciplina también tiene recompensa.